La Injusticia ajena

No hace falta que el dolor lleve tu nombre para que merezca tu atención. Sobre el silencio de los cuerpos policiales y lo que de verdad ayuda a sostenerlo.

DETECCIÓN DE SEÑALES DE ALERTA

9/3/20263 min read

Agente de policía sentado apoyado en una pared, ilustrando el peso emocional silencioso en los cuerp
Agente de policía sentado apoyado en una pared, ilustrando el peso emocional silencioso en los cuerp

Hay un poema que me ha hecho llegar mi custodio y compañero de batalla, que me ronda desde hace días. Habla de la «injusticia ajena»: esa que pasa por la calle sin mojarnos, esa que existe cuando no lleva nuestro nombre. Lo leí atentamente y me quedé pensando un rato largo, no porque sea bonito, que lo es, sino porque me golpeó donde más duele: en la culpa de haber mirado para otro lado.

Si algo he aprendido acompañando a mis ángeles custodios al borde del precipicio, es que las palabras llegan tarde o no llegan. Y cuando alguien que lleva uniforme decide que ya no puede más, los que le rodeaban suelen decir lo mismo: «No lo vi venir». Y yo pienso: claro que parecía que estaba bien, les entrenaron para eso.

Entrenados para aguantar, no para pedir ayuda

Les entrenaron para contener, para aguantar, para ir hacia el peligro cuando todos los demás huyen. Pero nadie les entrenó para pedir ayuda. Nadie les dijo que derrumbarse también es humano y muchas veces nadie les dijo nada, porque a nadie le tocaba lo suficientemente cerca como para sentir que tenía que hablar.

No escribo para juzgar a nadie. No se nos prepara, como seres humanos, para detectar el dolor invisible, pero si lo pensamos en frío, eso es la injusticia ajena hecha carne. La verdad incómoda es esta: no hace falta que algo nos afecte para reaccionar. Lo que pasa es que nos resulta más cómodo mirar al cielo hasta que la tormenta nos moja los hombros, y para entonces, a veces, ya es demasiado tarde.

He estado con personas que estaban al borde, al borde de verdad, no como metáfora y lo que me han contado, una y otra vez, no es que no hubiera nadie a su alrededor, es que nadie dijo la palabra correcta en el momento correcto, o bien, intentaron decirla, pero no supieron cómo.

Otros esperaron a que pasara la tormenta sola, sin saber que ese ángel se estaba ahogando en silencio mientras sonreía en los turnos. «¿Cómo estás de verdad?» · «Aquí estoy aunque no tengas nada que decir.» · «No tienes que poder con todo.» Hay palabras que sostienen, palabras que no son perfectas ni elocuentes, pero que llegan y se quedan. Esas palabras no requieren formación universitaria; requieren presencia, requieren que alguien decida que el dolor ajeno merece su atención aunque no lleve su nombre.

La armadura no es el uniforme

En los cuerpos policiales eso todavía es territorio sin explorar. La cultura del aguante es brutal. Pedir ayuda se percibe como una grieta en la armadura, y muchos aprenden desde el primer día que mostrar que sufres es señal de debilidad.

La armadura no es el uniforme.

Detrás de él hay una persona que sangra, que tiene miedo, que algunos días siente que no puede más. Si nadie le dice que eso está bien, que no está sola, que puede hablar… esa persona se queda en silencio con sus demonios. Y los demonios, cuando se quedan a solas con uno, crecen.

No hace falta tener todas las respuestas, hace falta estar, hace falta preguntar, hace falta no esperar a que la injusticia lleve tu nombre para decidir que merece tu indignación, tu tiempo y tu voz.

Pregunta. Siéntate. Escucha.

Si estás leyendo esto y tienes cerca a alguien con uniforme que últimamente está más callado, más distante, más «estoy bien» de lo habitual… no esperes a tener el discurso perfecto, no esperes a saber más: Pregunta. Siéntate. Escucha.

PD: Las palabras correctas no necesitan ser perfectas. Solo necesitan llegar antes de que ya no haya a quién dárselas.

Atentamente, la capitana.

Apoyo.

Acompañamiento emocional para cuerpos policiales.

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